¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha prisa que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir mil excesos.
Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación. No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política, porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo para obtener perdón. Algunos frailes de los que más habían escandalizado en el púlpito con sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.
Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una turba de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. El color verde era ya el color de la ignominia, como emblema del liberalismo, que tantas veces había escrito sobre él Constitución o muerte. Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba bigote, y desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue señal de francmasonismo y de extranjería filosófica.
Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas habían cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo respeto al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo realista. Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza no pocos fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna mejor que doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y repugnancia indecibles.
No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante muy alegre.
—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta noche puedes marchar, si quieres.
—¿Cómo? —preguntamos él y yo.
—De un modo tan sencillo como seguro. El marqués de Falfán de los Godos[4] había pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea está tan delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche. Tienen silla de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de los Godos tiene gusto en llevarte.
[4] Véase El Grande Oriente.
—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.