—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo. Perfectísimamente.

El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.

—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees tú lo mismo?

Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice pedazos un pañuelo inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían dar salida a la angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.

Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más tranquila. Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección de mi disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar la máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante lleno de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si Salvador mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con Andrea Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había tratado bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un hierro abrasado.

Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita; vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche partió!... ¡Se fueron!...

XXI

Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido salir de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas. No podía dejar de pensar en la hipocritona, que corría por los campos desiertos, lanzada por mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos de tenerle lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome exclamar: «¡Me alegro, mil veces me alegro!»

¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más evidente, fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando a una persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de su sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en mí desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre el judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un huracán.

¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis celos, en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya imagen ni un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis lectores me han conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa vida, comprenderán que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me lanzaba fuera como la pólvora lanza la bala.