Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos. Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el año entero.

Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia de mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción suma o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender. Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo que con el sentido de sus palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber: que me aborrecía de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba mejor que ella.

El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me distrajo de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea. Las aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas me perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del partido moderado.

Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava, a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a las circunstancias; que los masones primitivos o descalzos estaban en gran pugna con los secundarios o calzados, y ambos con los carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada; pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina del pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos los presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para morir.

Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así:

—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...! y como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco... ¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir!

Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda, una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato.

Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la boca para contestarle de este modo:

«¿Y a mí qué me cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me importa a mí que Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador dos majaderos, y usted más majadero que todos ellos?»

Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado del mundo.