—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar...

—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le vuelven a entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las circunstancias. ¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y cierra las Cortes? Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando quieren.

Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no por verme tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso disertar.

Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de tribuna al duque, y ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme a Palacio. Formado mi plan para el día siguiente, determiné ver a Su Majestad y asistir a la sesión de las Cortes, encendiendo de este modo una vela a San Miguel y otra al diablo.

El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con malignidad:

—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta para la galería reservada de las Cortes.

Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi alma se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché sobre ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido advertida por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó a mis ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa, alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías.

XXIII

Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia, que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba extraordinariamente en aquel instante.

Venía para llevarme al Alcázar.