—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le manifesté que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su presencia hoy mismo.

Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza, vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales, y después de arreglarme dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del Príncipe, no sin dejar antes a mi criada instrucciones muy prolijas para que detuviera hasta mi vuelta al que forzosamente había de venir. Partí resuelta a hacer a Su Majestad visita de médico. En aquella ocasión deploré por primera vez que existieran reyes en el mundo.

Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga.

Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la entrada de los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en Somosierra y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté a todo, cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome ignorante de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de estas estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad de su entendimiento y la concupiscencia de sus voraces ojos.

«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas no hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la guerra a costa de la felicidad de sus súbditos.»

Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi descontento. Al responderle, decía en mi interior:

«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco rematado.»

Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con cierto tono de confianza:

—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no salir de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo cedo al fin.

—No se atreverán, señor.