—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia; pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...? Veremos lo que decide el Consejo...

—Decidirá lo más conveniente.

—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo en Sevilla?

—Admirable raciocinio, señor.

—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni recursos...

Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas, que agitadas se sucedían en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de vibrantes círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan. Me fue preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle permiso para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!, se empeñó en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía habitación conveniente.

«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera.

No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo:

—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven.

—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con una voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos.