Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a sus febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino iba contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo lo que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por la audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero luego tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana, mi fiel criada, me dijo que el caballero se había cansado de esperar.
—¿Luego ha estado aquí?
—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos que usted había salido, cuando entró...
—¿Y no dijo que volvería?
—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes.
—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como una máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas sus ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran sesión.
Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida de señora, imitando en esto la usanza francesa de las señoritas de compañía. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba de la necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres importunos o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y Mariana de señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su inferioridad; pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío. Muchos la creían hermana soltera o parienta pobre.
XXIV
Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle de la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a causa de la mucha gente que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del edificio como las apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas que nosotras habrían vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos romper las cortezas del vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando con desenfado y pie ligero subimos a la galería. Antes de penetrar en ella, oímos la voz de un orador que resonaba en medio del más imponente silencio.
Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro, logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada por ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero ni a derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual la gran pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy fastidiosa.