—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a mí.
—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi ignorancia.
—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me creyera cerril.
—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.
La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés por el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y traté de atender también. El orador hablaba de la patria, del inminente peligro de la patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la patria. Es el gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No he conocido a ningún político que no estropeara la palabra patriotismo hasta dejarla inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas, que al nombrar constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el estro, la musa ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.
Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura, bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.
Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de probar la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los pueblos de Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos temblar a los reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes tiemblen delante del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado bondadosa para una calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey sistemáticamente contrario a la representación nacional, hubiéranle cortado la cabeza; aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, diciendo: «Señor, vuestro deseo de esperar aquí a los franceses nos prueba que estáis loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»
Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.
—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— para que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.
No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada párrafo coruscante, terminado en la salvación de la patria o en el afrentoso yugo de esta nación heroica, la galería pública mugía como una tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro entusiasmo, qué manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y se retiraron, lo cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó muy holgada.