—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su mirada hasta un extremo empalagoso.

—Estaré algún tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.

Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. Los que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra dirección a las fuerzas de mi espíritu.

—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.

—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con franqueza, nada de esto me importa gran cosa.

—¡Que declaren loco a Su Majestad!...

—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.

—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al rey. Si no se resigna a salir...

—¿Habrá más discursos?

—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.