—Su Majestad ha de responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho esta mañana, y aunque no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por esta vez va a cumplir lo que dice.
—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el artículo 187 de la Constitución...
—¿Y qué dice ese artículo?...
En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me pasó por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se encontraron con los míos.
—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.
El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni se enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:
—¿Y qué dice ese artículo?
—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta atención. Es usted muy distraída.
—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.
—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los Godos gravemente—, sería...