—¿En dónde está la Nela?
—No sé qué le pasa a esa pobre muchacha—dijo Florentina—. No quiere verte sin duda.
—Es vergonzosa y muy modesta—replicó Pablo—. Teme molestar a los de casa. Florentina, en confianza te diré que la quiero mucho. Tú la querrás mucho también. Deseo ardientemente ver a esa buena compañera y amiga mía.
—Yo misma iré a buscarla mañana.
—Sí, sí... pero no estés mucho tiempo fuera. Cuando no te veo, estoy muy solo.... Me he acostumbrado a verte, y estos tres días me parecen siglos de felicidad.... No me robes ni un minuto. Decíame anoche mi padre que después de verte a ti no debo tener curiosidad de ver a mujer ninguna.
—¡Qué tontería!—dijo la señorita ruborizándose—. Hay otras mucho más guapas que yo....
—No, no, todos dicen que no—afirmó Pablo con vehemencia, y dirigía su cara vendada hacia la primita, como si al través de tantos obstáculos quisiera verla aún—. Antes me decían eso y yo no lo quería creer; pero después que tengo conciencia del mundo visible y de la belleza real, lo creo, sí, lo creo. Eres un tipo perfecto de hermosura; no hay más allá, no puede haberlo.... Dame tu mano. El primo estrechó ardientemente entre sus manos la de la señorita.
—Ahora me río yo—añadió él—de mi ridícula vanidad de ciego, de mi necio empeño de apreciar sin vista el aspecto de las cosas.... Creo que toda la vida me durará el asombro que me produjo la realidad.... ¡La realidad! El que no la posee es un idiota.... Florentina, yo era un idiota.
—No, primo; siempre fuiste y eres muy discreto.... Pero no excites ahora tu imaginación.... Pronto será hora de dormir. D. Teodoro ha mandado que no se te dé conversación a esta hora, porque te desvelas.... Si no te callas me voy.
—¿Es ya de noche?