—Sí, es de noche.

—Pues sea de noche o de día, yo quiero hablar—afirmó Pablo, inquieto en su lecho, sobre el cual reposaba vestido y muy excitado—. Con una condición me callo, y es que no te vayas de mi lado y de tiempo en tiempo des una palmada en la cama, para saber yo que estás ahí.

—Bueno, así lo haré, y ahí va la primer fe de vida—dijo Florentina, dando una palmada en la cama.

—Cuando te siento reír, parece que respiro un ambiente fresco y perfumado, y todos mis sentidos antiguos se ponen a reproducirme tu persona de distintos modos. El recuerdo de tu imagen subsiste en mí de tal manera que vendado te estoy viendo lo mismo.

—¿Vuelve la charla?... Que llamo a D. Teodoro—dijo la señorita jovialmente.

—No... estate quieta. Si no puedo callar... si callara, todo lo que pienso, todo lo que siento y lo que veo aquí dentro de mi cerebro me atormentaría más.... ¡Y quieres tú que duerma!... ¡Dormir! Si te tengo aquí dentro, Florentina, dándome vueltas en el cerebro y volviéndome loco.... Padezco y gozo lo que no se puede decir, porque no hay palabras para decirlo. Toda la noche la paso hablando contigo y con la Nela... ¡la pobre Nela!, tengo curiosidad de verla, una curiosidad muy grande.

—Yo misma iré a buscarla mañana.... Vaya, se acabó la conversación. Calladito, o me marcho.

—Quédate.... Hablaré conmigo mismo.... Ahora voy a repetir las cosas que te dije anoche, cuando hablábamos solos los dos... voy a recordar lo que tú me dijiste....

—¿Yo?

—Es decir, las cosas que yo me figuraba oír de tu boca.... Silencio, señorita de Penáguilas... yo me entiendo solo con mi imaginación.