—El que mande Dios.
—¿Qué mal es este?
—La muerte—vociferó con cierta inquietud delirante, impropia de un médico.
—¿Pero qué mal le ha traído la muerte?
—La muerte.
—No me explico bien. Quiero decir que de qué...
—¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada... sólo sabemos cosas triviales.
—¡Oh!, ¡qué médicos!
—Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.
—¿Esto qué es?