—¡Infeliz!—exclamó con ahogado sollozo—. ¿Puede el dolor moral matar de esta manera?

—Cuando yo la recogí en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre espantosa.

—Pero eso no basta ¡ay!, no basta.

—Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que sí.

—Si parece que ha recibido una puñalada.

—Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto!, lo cual es como un asesinato.

—¡Oh!, ¡qué horroroso misterio.

—No, misterio no—gritó Teodoro con cierto espanto—es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!

—¡Oh!, ¡qué misterio!—repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado de su ánimo.

—Misterio no, no—volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante—es la realidad pura, la desaparición súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos... ¡la muerte!