—¡Vaya con la buena señora!—murmuró Teodoro con malicia—. Quizás no tenga nadie noticia de quién fue tu papá.

—Sí, señor—replicó la Nela con cierto orgullo—. Mi padre fue el primero que encendió las luces en Villamojada.

—¡Cáspita!

—Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles en las calles—dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la historia—, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera, según dicen. Mi padre había reñido con ella.... Dicen que vivían juntos... todos vivían juntos... y cuando iba a farolear me llevaba en el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera.... Un día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.

—¡Y te ahogaste!

—No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que antes de eso era yo muy bonita.

—Sí; indudablemente eras muy bonita—afirmó el forastero con el alma inundada de bondad—. Y todavía lo eres.... Pero dime otra cosa. ¿Hace mucho tiempo que vives en las minas?

—Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir, porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el jefe porque había bebido mucho aguardiente....

—Y tu madre se fue.... Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue....

—Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba—dijo Nela, deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético—y se metió dentro.