—¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a salir.
—No, señor—replicó la Nela con naturalidad—. Allí dentro está.
—Después de esa catástrofe, pobre criatura—dijo Golfín con cariño—, has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería. Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada. Esta vida destruye las naturalezas más robustas.
—No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para nada.
—Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.
—Que no señor—dijo Nela insistiendo con energía—. Si no puedo trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.
—Todo sea por Dios.... Vamos, que si cayeras tú en manos de personas que te supieran manejar, ya trabajarías bien.
—No, señor—repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara—; si yo no sirvo más que de estorbo.
—¿De modo que eres una vagabunda?
—No, señor, porque acompaño a Pablo.