—Brilla mucho, sí, señorito mío. Y a ti ¿qué te importa eso? El sol es muy feo. No se le puede mirar a la cara.

—¿Por qué?

—Por que duele.

—¿Qué duele?

—La vista. ¿Qué sientes tú cuando estás alegre?

—¿Cuándo estoy libre, contigo, solos los dos en el campo?

—Sí.

—Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad dulce....

—¡Ahí te quiero ver! ¡Madre de Dios! Pues ya sabes cómo brilla el sol.

—Con frescura.