—No, tonto.

—¿Pues con qué?

—Con eso.

—Con eso; ¿y qué es eso?

—Eso—afirmó nuevamente la Nela, con acento de la más firme convicción.

—Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes me formaba yo idea del día y de la noche. ¿Cómo? Verás: era de día, cuando hablaba la gente; era de noche, cuando la gente callaba y cantaban los gallos. Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de día, cuando estamos juntos tú y yo; es de noche, cuando nos separamos.

—¡Ay, divina Madre de Dios!—exclamó la Nela, echándose atrás las guedejas que le caían sobre la frente—. A mí, que tengo ojos, me parece lo mismo.

—Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa, para que no te separes de mí.

—Bien, bien—dijo María batiendo palmas otra vez.

Y diciéndolo, se adelantó saltando algunos pasos y recogiendo con extrema gracia sus faldas, empezó a bailar.