—¿Qué haces, Nela?
—¡Ah!, niño mío, estoy bailando. Mi contento es tan grande, que me han entrado ganas de bailar.
Pero fue preciso saltar una pequeña cerca, y la Nela ofreció su mano al ciego.
Después de pasar aquel obstáculo, siguieron por una calleja tapizada en sus dos rústicas paredes de lozanas hiedras y espinos. La Nela apartaba las ramas para que no picaran el rostro de su amigo, y al fin, después de bajar gran trecho, subieron una cuesta por entre frondosos castaños y nogales. Al llegar arriba, Pablo dijo a su compañera:
—Si no te parece mal, sentémonos aquí. Siento pasos de gente.
—Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es miércoles. El camino real está delante de nosotros. Sentémonos aquí antes de entrar en el camino real.
—Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aquí.
Los tres se sentaron.
—Si está esto lleno de flores...—dijo la Nela—. ¡Madre!, ¡qué guapas!
—Cógeme un ramo. Aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me figura que las oigo.