—Eso sí que es gracioso.

—Paréceme que teniéndolas en mi mano me dan a entender... no puedo decirte cómo... que son bonitas. Dentro de mí hay una cosa, no puedo decirte qué, una cosa que responde a ellas. ¡Ay! Nela, se me figura que por dentro yo veo algo.

—¡Oh!, sí, lo entiendo... como que todo los tenemos dentro. El sol, las yerbas, la luna y el cielo grande y azul, lleno siempre de estrellas; todo, todo lo tenemos dentro; quiero decir que además de las cosas divinas que hay fuera, nosotros llevamos otras dentro. Y nada más.... Aquí tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas. ¿A que no sabes tú lo que son las flores?

—Pues las flores—dijo el ciego, algo confuso, acercándolas a su rostro—son... unas como sonrisillas que echa la tierra.... La verdad, no sé mucho del reino vegetal.

—Madre Divinísima, ¡qué poca ciencia!—exclamó María, acariciando las manos de su amigo—. Las flores son las estrellas de la tierra.

—Vaya un disparate. ¿Y las estrellas, qué son?

—Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.

—Entonces las flores....

—Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía al cielo—afirmó la Nela, con la convicción y el aplomo de un doctor—. Los muertos son enterrados en la tierra. Como allá abajo no pueden estar sin echar una miradilla a la tierra, echan de sí una cosa que sube en forma y manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque allá... en tiempos de atrás, enterraron en él muchos difuntos.

—No, no—replicó Pablo con seriedad—. No creas desatinos. Nuestra religión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vida mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es más que un despojo, un barro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.