—Yo no me voy—repitió.
Y Celipín hablaba, hablaba, cual si ya, subiendo milagrosamente hasta el pináculo de su carrera, perteneciese a todas las Academias creadas y por crear.
—¿Entonces vuelves a casa?—preguntole al ver que su elocuencia era tan inútil como la de aquellos centros oficiales del saber.
—No.
—¿Vas a la casa de Aldeacorba?
—Tampoco.
—Entonces ¿te vas al pueblo de la señorita Florentina?
—No, tampoco.
—Pues entonces ¡córcholis, recórcholis!, ¿a dónde vas?
La Nela no contestó nada: seguía mirando con espanto al suelo, como si en él estuvieran los pedazos de la cosa más bella y más rica del mundo, que se acababa de caer y romperse.