—Pues entonces, Nela—dijo Celipín, fatigado de sus largos discursos—yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme.... ¿Quieres que te dé una peseta, por si se te ofrece algo esta noche?

—No, Celipín, no quiero nada.... Vete, tú serás hombre de provecho.... Pórtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.

El viajero sintió una cosa impropia de varón tan formal y respetable, sintió que le venían ganas de llorar; mas sofocando aquella emoción importuna, dijo:

—¿Cómo me he de olvidar a Socartes?... Pues no faltaba más.... No me olvidaré de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto.... Adiós, Nelilla.... Siento pasos.

Celipín enarboló su palo con una decisión que probaba cuán templada estaba su alma para afrontar los peligros del mundo; pero su intrepidez no tuvo objeto, porque era un perro el que venía.

—Es Choto—dijo Nela temblando.

—Agur—murmuró Celipín, poniéndose en marcha.

Desapareció entre las sombras de la noche.

La geología había perdido una piedra y la sociedad había ganado un hombre.

La Nela sintió escalofríos al verse acariciada por Choto. El generoso animal, después de saltar alrededor de ella, gruñendo con tanta expresión que faltaba muy poco para que sus gruñidos fuesen palabras, echó a correr con velocidad suma hacia Aldeacorba. Creeríase que corría tras una pieza de caza; pero al contrario de ciertos oradores, el buen Choto ladrando hablaba.