Después de larga pausa, la Nela contestó:
—Cuando usted vino.
—¡Yo!... ¿Qué males he traído?
—Ninguno: no ha traído sino grandes bienes.
—Yo he devuelto la vista a tu amo—dijo Golfín, observando con atención de fisiólogo el semblante de la Nela—. ¿No me agradeces esto?
—Mucho, sí, señor; mucho—replicó ella, fijando en el doctor sus ojos llenos de lágrimas.
Golfín sin dejar de observarla, ni perder el más ligero síntoma facial que pudiera servir para conocer los sentimientos de la mujer—niña, habló así:
—Tu amo me ha dicho que te quiere mucho. Cuando era ciego, lo mismo que después que tiene vista, no ha hecho más que preguntar por la Nela. Se conoce que para él todo el Universo está ocupado por una sola persona, la Nela; que la luz que se le ha permitido gozar no sirve para nada, si no sirve para ver a la Nela.
—¡Para ver a la Nela!, ¡pues no verá a la Nela!... ¡la Nela no se dejará ver!—exclamó ella con brío.
—¿Y por qué?