Al día siguiente, como dije, volví a Palacio y encontré al señor Collado, al señor Artieda y al señor duque muy alarmados. ¿Por qué? Porque el rey estaba conferenciando a solas con un sujeto que hasta entonces no había sido recomendado ni introducido por ninguno de los sobredichos palaciegos. Creyose que sería emisario de Ugarte; pero entró en seguida don Antonio y negó el caso.
Reunímonos todos en la antesala, y a poco vimos salir a un fraile francisco, joven, bien parecido, excelente mozo, que más parecía guerrero que fraile; de aspecto y ademanes resueltos, mirada viva, y revelando en todo su continente y facciones una disposición no común para cualquier difícil cosa que se le encomendara.
—¿Quién es este pájaro? —preguntó Ugarte, demostrando en su tono que estaba completamente desconcertado.
—Se llama Fr. Cirilo de Alameda y Brea —dijo Artieda, muy fuerte en todo lo referente al personal eclesiástico de la monarquía.
—Y ¿qué es este hombre?
—Fue maestro de escuela en Pinto.
—Y después marchó a Montevideo, donde se ocupaba... No sería en cosa buena.
—En redactar Gacetas.
—Es hombre que pone bien la pluma, según parece.
—Vino por vez primera con el general Vigodet —añadió Paquito Córdoba—. Su Majestad le ha recibido después en varias ocasiones, y nunca he podido averiguar...