El duque dirigió a Antonio I una mirada rencorosa.
—Señor —dije yo, sin encomendarme a Dios ni al diablo—, no olvide Vuestra Majestad que prometió una bandolera al señor conde de Rumblar, mi querido amigo.
El rey abrió los ojos, sacudiendo la pereza, y exclamó enérgicamente, con aquella resolución a que ningún cortesano podía oponerse:
—La bandolera para el señor conde de Rumblar... lo mando... Alagón, extiende el nombramiento ahora mismo.
Ugarte me miró, frunciendo el ceño.
Y se levantó la sesión, como dicen los liberales.
Como se ha visto, en las tertulias de Su Majestad nadie podía vanagloriarse de tener ascendiente absoluto y constante. Unos días privaba este, otros aquel, según las voluntades recónditas y jamás adivinadas de un monarca que debiera haberse llamado Disimulo I. Además, aquel discreto príncipe, que así delegaba su autoridad y democráticamente compartía el manto regio con sus buenos amigos, como compartió san Martín su capa con el pobre, no tuvo realmente favorito, no dio su confianza a uno solo, elevándole sobre los demás; jugaba con todos, suscitando entre ellos hábilmente rivalidades y salutífera emulación, con lo cual estaba mejor servido, y los destinos y prebendas más equitativamente repartidos.
De lo que anteriormente he contado puede dar fe un ministro de Su Majestad por aquellos años,[3] el cual, en papel impreso muy conocido, dice, blasonando de rigorista y de censor: «...pero lo peor es que por la noche da entrada y escucha a las gentes de peor nota y más malignas, que desacreditan y ponen más negros que la pez, en concepto de Su Majestad, a los que le han sido y le son más leales... y de aquí resulta que, dando crédito a tales sujetos, Su Majestad, sin más consejo, pone de su propio puño decretos y toma providencias, no solo sin consultar con los ministros, sino contra lo que ellos le informan... Esto me sucedió a mí muchas veces y a los demás ministros de mi tiempo... Ministros hubo de veinte días o pocos más, y dos hubo de 48 horas; ¡pero qué ministros!»
[3] Lardizábal, ministro de Indias (absolutista).
Por las declamaciones de este escrupuloso descontentadizo no vayamos a condenar la camarilla como cosa mala. Era, por el contrario, lo mejor del mundo, sobre todo para nosotros, que traíamos los negocios del reino de mano en mano y de boca en boca, despachándolos tan a gusto del país, que aquello era una bendición de Dios. Ninguno, sin embargo, pudo jactarse de ser el primero en la voluntad y paternal cariño de aquel bondadoso soberano absoluto; y en prueba de ello, referiré lo que sucedió al día siguiente de la reunión que con todos sus puntos y señales he descrito, no apartándome en todo el discurso de ella ni un ápice de la verdad.