—¿Qué más hay? —preguntó Fernando con cierta somnolencia.

—Vuestra Majestad me concedió una bandolera —dijo tímidamente Artieda— para el sobrino del señor Arcipreste de Alcaraz...

—Es que hay una sola vacante —añadió Collado avariciosamente—, y Su Majestad me la tiene prometida.

—Es verdad —dijo el rey.

Artieda miró a Chamorro con enojo.

—Esa vacante me la había reservado yo para mí —objetó con sequedad Paquito Córdoba—. Es mucha la ambición del señor Collado... después que me ha disputado esa miserable canonjía de Murcia como si fuese un imperio.

—Tienes razón —murmuró Fernando.

El aguador clavó sus ojos en el duque con expresión de envidia.

—Señor —dijo con suavidad sonriente don Antonio Ugarte—. Pocas veces pido mercedes de esta clase a Vuestra Majestad. Ya dije el otro día que deseaba una bandolera para un joven pariente mío.

—Nada más justo —repuso el rey, cerrando los ojos perezosamente—. Ugarte, todo lo que quieras.