—De nada servirían mi abnegación, mi trabajo, mis grandes cavilaciones y proyectos —continuó el arbitrista— si desde el principio tropezara con obstáculos insuperables. Yo he prometido a Vuestra Majestad reunir tropas y equiparlas, y comprar los buques necesarios para que vayan a América...

—Pero una cosa es prometer, y otra...

—Es que no puedo pensar en el desarrollo de mis proyectos mientras sea ministro de Hacienda el señor Villamil.

—¡Bah, bah! —murmuró Fernando con tono de indolencia y fastidio.

Otra pausa. Todos contemplábamos al rey, el cual, arqueando las cejas, se pasaba la mano por la cabeza, cual si se cepillara el pelo hacia adelante.

—Pipaón —dijo al fin—, extiende la destitución de Villamil... que se le lleve esta misma noche.

Yo tomé otra pluma.

Así cayó don Juan Pérez Villamil; así cayeron también Echevarri, Ballesteros, Macanaz, Escóiquiz, el mismo Vallejo (nombrado aquella noche), Moyano, León Pizarro, Lozano de Torres y otros muchos.

—Ahora, extiende el nombramiento de don Felipe González Vallejo, ministro de Hacienda.

Así subió Vallejo.