—Y Madrid también —afirmó el duque.
—Las sociedades secretas rebullen por todos lados.
—No será por falta de ministerio de Seguridad pública —dijo con ironía el rey.
—Echevarri encarcela a los mentecatos y deja en libertad a los pillos. Los calabozos están repletos de tontos. Pero ¿qué ha de suceder si los principales personajes del gobierno están inficionados de liberalismo? Ceballos es masón; Villamil y Moyano no ocultan sus ideas favorables a un sistema templado como el de Macanaz; Escóiquiz augura desastres; Ballesteros quiere que se dé una especie de amnistía; en toda España se conspira. Ábrase un poco la mano, y las revoluciones brotarán por todas partes como pinos en almáciga.
—Pues se cerrará la mano, se cerrará la mano —afirmó Fernando, incorporándose en su asiento—. Duque, pon algunas líneas mandando a Negrete que siga aplastando el jacobinismo; pero con la condición de que no sea bárbaro... No se puede confiar a nadie una comisión delicada...
Artieda acercó un velador con recado de escribir, y bien pronto la tertulia se trocó en oficina. El duque tomó una pluma.
—Ugarte —añadió el rey—, puedes redactar las bases de la autorización que te doy para alistar el ejército expedicionario y demás. Me quedaré con tu borrador para meditarlo, y después te daré la copia firmada.
Don Antonio tomó otra pluma. Acariciándose la boca con las barbas de esta, miró al rey.
—Permítame Vuestra Majestad —dijo— que decline el grande, el insigne honor que quiere hacerme, depositando en mí toda su confianza.
Fernando le miró con asombro, y los demás también.