—En eso creo que tienes razón —dijo fríamente Fernando.
—Pues si tengo razón, ¿por qué no intenta Vuestra Majestad estrechar sus relaciones con un poderoso imperio, bastante fuerte para ser buen aliado, bastante remoto para no disputarnos nuestro territorio?
—Soy muy amigo de Alejandro —repuso el autócrata secamente.
—Pero esa amistad sería unión indestructible si Vuestra Majestad, que seguramente no puede permanecer soltero más tiempo, se enlazara con una princesa rusa.
Al decir esto, Ugarte había pronunciado la última palabra del atrevimiento. Siguió a ella una larga pausa. Observamos todos el semblante del rey, que con las piernas estiradas, las manos en los bolsillos del pantalón y la barba sobre el pecho, indolentemente tendido más bien que sentado en el sillón, no se dignaba contestar con palabras, ni gesto, ni mirada, ni sonrisa, a las palabras de Ugarte. Por último, le vimos mover los brazos, luego alzar la cabeza, y aguardamos con ansiedad vivísima el sonido de su voz.
—¿Te parece —dijo— que debo refrenar un poco a Negrete?
—Las atrocidades del comisario secreto son tan grandes —repuso Ugarte— que convendría ponerle a un lado y prescindir de sus servicios. Ceballos tiene razón. Están tan irritados los andaluces, que son capaces de volverse todos liberales, si ese verdugo sigue haciendo de las suyas.
—La cuestión es delicada. Negrete tiene órdenes mías, y si intentamos sujetarle por la vía de las autoridades legítimas, no es fácil que ceda.
—Para eso se manda un nuevo comisionado a Andalucía; un hombre hábil, enérgico, ingenioso y muy discreto: Pipaón, por ejemplo, —dijo don Antonio mirándome.
—No —replicó vivamente Fernando, mirándome también—. Yo no quiero que Pipaón salga de Madrid por ahora. Ya se buscará otro comisionado. Después de todo, nada se pierde con que Negrete continúe sentando la mano algunos días más. Andalucía está infestada de jacobinismo.