—Pero es para resarcir a los negreros.
—Eso es, pagar a los negreros y que se pierdan las Américas. ¿No vale más dejarles sin indemnización, y conservarles los esclavos y las tierras?
—Está dicho todo —afirmó resueltamente Fernando, cediendo por completo a la seductora sugestión de aquel brujo que prometía los imposibles, y teñía con frescos y brillantes colores el entenebrecido horizonte de nuestra política—. Está dicho todo. Tienes mi autorización para hacer el alistamiento, para tomar de la Real Hacienda los fondos necesarios para tratar de la compra de buques, vestuario y demás.
De aquella conversación brotó el poder oculto que don Antonio Ugarte tuvo durante algún tiempo, y en virtud del cual, hasta llegó a celebrar tratados con potencias extranjeras en calidad de secretario íntimo del rey de España. Más adelante veremos cómo alistaba tropas, y qué tal mano para comprar buques tenía don Antonio. Sus proyectos forman una página curiosa en la historia del absolutismo.
—Ya se ve —dijo después de una pausa, durante la cual observaba los dibujos de la alfombra—, con hombres como Villamil las dificultades se multiplican. Al buen alcalde se le antojan sus dedos huéspedes, y como en todas las ocasiones difíciles se asesora de Ceballos...
—El pobre Ceballos —indicó Fernando— ha trabajado como un negro en ese fastidioso asunto del Congreso de Viena. No se le debe criticar, y si no se ha conseguido más, no ha sido por culpa suya.
—Entre Labrador y Ceballos, como si dijéramos, entre Herodes y Pilatos, España está haciendo un papel ridículo en Viena.
—¿Pero qué puede esperarse de un plenipotenciario que ya ha mostrado no tener ni dignidad ni carácter? —dijo el duque de Alagón—. ¿No fue Labrador ministro de Estado en las Cortes de Cádiz, y después realista furibundo?
—Y al presentarse en Cádiz felicitó a las Cortes por el sabio Código que habían hecho —añadí yo.
—En manos de estos hombres que ayer eran liberales locos, y hoy rabiosos absolutistas —dijo Ugarte—, nuestra política exterior no puede menos de ser desastrosa. ¡Rutina incurable! Nuestra nación, señor, ha de vivir siempre bajo la vigilancia interesada, mejor dicho, bajo la tutela de Inglaterra o de Francia. La primera trabaja porque perdamos las Américas y porque se arruine nuestro comercio; la segunda no nos perdonará nunca el haber vencido a sus soldados, aunque fueran mandados por el general Bonaparte.