—No, señor; que los mandaré en magníficos navíos y barcos de transporte —repuso el arbitrista con una placentera y llana confianza que a todos nos dejó pasmados.

—Pero ya sabes que no los tenemos.

—Se compran.

—¡Se compran!... Y dice «se compran» como si costaran dos pesetas.

La naturalidad admirable con que Ugarte hacía frente a los mayores obstáculos; la frescura, digámoslo así, con que todo lo resolvía y allanaba, no podían menos de cautivar el ánimo del soberano, agobiado por el continuo clamoreo de sus ministros. Todos los demás contertulios observábamos con verdadero asombro la prodigiosa iniciativa de Ugarte, y ante tanto ingenio, ante tan firme voluntad, callábamos confundidos.

—Pues es claro que se compran —añadió el proyectista—. Sin duda Vuestra Majestad va a preguntarme que con qué dinero.

—Justo.

—Pues yo respondo que, si poseo la confianza de mi soberano, me sobrarán fondos.

—Quizás cuentas con la indemnización que nos va a dar Inglaterra.

—¿Por qué no?