—¿Dónde están los vencedores de Napoleón? Parece mentira que Vuestra Majestad haga tales preguntas.
—Hombres valerosos no faltan; pero ¿cómo se les organiza, cómo se les viste, cómo se les mantiene?
—Muy sencillamente —repuso Ugarte alzando los hombros—: organizándolos, vistiéndolos, manteniéndolos.
—Tú tendrás alguna mina. ¿Quieres decirme dónde está?
—Dos palabras, señor —dijo Ugarte echando el cuerpo hacia adelante en su sillón y apoyando el codo en la rodilla, mientras el rey se sentaba junto a él—. He dicho a Vuestra Majestad la otra noche que me atrevía a organizar un ejército expedicionario, siempre que tuviera para ello la competente autorización.
—Yo te la doy —replicó Fernando—. A ver de dónde vas a sacar ese ejército, y cómo lo vas a sostener.
—Vuestra Majestad me dijo también la otra noche que consagraría a tal objeto, y pondría a mi disposición, una parte mínima de las rentas reales.
—Es verdad.
—Pues el alistamiento se hará, señor —afirmó don Antonio con resolución admirable—. No tiene que pensar más en ello Vuestra Majestad.
—Bueno, ya está el alistamiento. Ahora hazme el favor de decirme si vas a mandar a América esos soldados en cáscaras de nuez.