—¿Qué dices a esto, Ugarte?

—Que admiro la paciencia de Vuestra Majestad —repuso el exbailarín—. Según el señor Juan Pérez, ya no hay colonias, ya no hay soldados, ya no hay barcos, ya los españoles no tienen alma para vencer las dificultades. Sostendrá también el vejete que ya no hay aire que respirar, ni sol en el cielo.

—La verdad es —dijo Fernando deteniéndose meditabundo ante la chimenea— que no estamos en Jauja.

Y luego, dando un suspiro, añadió:

—Despidámonos de las Américas.

—¿Por qué, señor? —dijo bruscamente Ugarte—. Se exagera mucho. Persona venida hace poco de allá me ha dicho que toda la insurrección americana se reduce a cuatro perdidos que gritan en las plazuelas.

—Lo mismo me ha escrito a mí un amigo —añadí yo, forzando los argumentos de mi patrono—. Unos cuantos presidiarios, con cuatro decenas de ingleses y norteamericanos, echados por tramposos de sus respectivos países, sostienen la alarma en aquellos lejanos reinos de Vuestra Majestad.

—Pues id vosotros a reducir a la obediencia a esas manadas de facciosos —dijo el rey.

—Señor, en resumen —manifestó Ugarte—, mande Vuestra Majestad a América un ejército, un verdadero ejército, con una escuadra, en vez de medias compañías dentro de una goleta, como se ha hecho hasta aquí, y a los cuatro meses se verán los resultados.

—¿Y ese ejército, dónde está? —preguntó fríamente.