—Señor...

—Nada, que te lo lleves. Tengo gusto en ello.

Cuando don Juan Pérez, apremiado por la gallarda fineza del príncipe, tomaba los cigarros, yo sentía que un cuerpo duro tocaba mi codo. Era el codo del señor duque de Alagón.

Villamil y Ceballos se levantaron para marcharse.

—Que vengas mañana temprano —repitió el rey—. Y tú, Ceballos, si ves a Pepita... en fin, ya sabes: una superintendencia de provincia o la bandolera vacante... lo que ella prefiera.

—En el despacho de mañana —dijo Ceballos, que se había quedado muy pensativo—, tendré el honor de leer a Vuestra Majestad la contestación que he dado a la nota de don Pedro Gómez Labrador.

—Sí, bueno, todo lo que quieras... mañana... adiós, ¡pero qué tarde es!... Podéis retiraros... Yo también me voy a recoger —dijo el soberano con impaciencia.

Salieron los ministros, y quedamos solos los camarilleros.

XXI

Apenas se cerró la puerta tras los dos repúblicos, Fernando se levantó, y con las manos en los bolsillos, dio algunos pasos por la habitación. Ugarte le miraba sonriendo. Ninguno de los demás nos atrevíamos a desplegar los labios, y el silencio se prolongó hasta que el mismo soberano se dignara romperlo, preguntando: