—Y que te profesaré siempre. Has hablado como un buen ministro. Nada de fantasías ni de palabras bonitas. Así me gusta a mí... Pues es preciso buscar dinero, y buscar hombres, y buscar barcos.
—Señor, no olvide Vuestra Majestad —dijo Ceballos—, que si se lleva adelante la negociación con Inglaterra sobre la abolición de la trata de negros, o hemos de poder poco, o nos han de dar una indemnización de muchos miles de libras.
—Es verdad: para resarcir los perjuicios de los tratantes de esclavos... A ver, Ceballos, Villamil —añadió Fernando con dulzura—, estudiad un plan, un plan cualquiera que mejore la situación en que nos hallamos. A uno y otro les sobra talento para eso y para mucho más... ¿Me entendéis? Discurrid un plan vasto, que nos proporcione los recursos necesarios para sofocar la insurrección americana, bien sea creando impuestos, bien pidiendo dinero a los holandeses o a los judíos de Francfort, bien logrando los buenos oficios de alguna nación poderosa... en fin, ya me entendéis.
—Ya manifestaré más adelante a Vuestra Majestad algo de lo mucho que he meditado sobre el particular —dijo Ceballos.
—Y tú, Villamil, discurre, trabaja, proponme algo —prosiguió Fernando—. Por supuesto, no puedes figurarte lo que me mortifica que hayas creído en esas ridículas hablillas acerca de tu destitución.
—Señor...
—Hablaremos más despacio mañana... Puedes irte tranquilo y seguro de que sé apreciar tu lealtad... ¡Oh, Villamil!... No abundan los hombres como tú... Vamos, otro cigarrito.
Diciendo esto Su Majestad, con aquella bondad peculiar, que indicaba tanta honradez y nobleza en su carácter, ofreció un cigarro a don Juan Pérez Villamil.
—Gracias, señor, acabo de fumar.
—Enciéndelo para salir. Como este habrás fumado pocos... Mira, puedes llevarte todo el mazo —añadió ofreciéndoselo galantemente.