—Se hará inmediatamente —afirmó el hacendista.

—O se le dará la bandolera vacante —propuso Alagón.

—¿Pero hay todavía superintendencias de Arbitrios? —preguntó humorísticamente el Monarca—. Mejor dicho, ¿hay arbitrios todavía? Yo pensé que todo eso pertenecía a la historia, según están las cajas del Tesoro de lisas y mondas.

—Señor —dijo Villamil—, el estado del erario no se oculta a Vuestra Majestad. El escaso producto de los impuestos no basta ni con mucho a cubrir los enormes gastos, aumentados cada día con la creación de nuevos destinos. El reino no tiene recursos para costearse su ejército ni su marina, ni para dotar dignamente la Casa Real ni su regia Guardia; España es pobre, pobrísima: necesita los caudales de América para vivir con algún decoro entre las naciones de Europa.

—Y esos caudales de América, ¿dónde están?

—¡Ay, eso es lo que a todos nos contrista! Fácil sería gobernar la Hacienda, si América nos enviase los tesoros que aquí nos hacen falta. Esa gran canonjía de nuestra nación no ha durado todo lo que debiera. Reflexione Vuestra Majestad, como rey previsor, sobre la gravedad de esta situación. La América está toda sublevada, y las juntas rebeldes funcionan en Buenos Aires, en Caracas, en Valparaíso, en Bogotá, en Montevideo. Si Méjico está aún libre del contagio, los americanos de Washington se encargan de trastornar también aquel país, del mismo modo que el Brasil nos trastorna el Uruguay, e Inglaterra nos revuelve a Chile. La insurrección americana exige un gran esfuerzo, un colosal esfuerzo. Es preciso mandar allá un ejército; pero para esto, señor, se necesitan tres cosas: hombres, dinero y barcos.

—¡Hombres, dinero, barcos!

—Lo primero no falta; pero ¿cómo los equiparemos, y, sobre todo, en qué buques les lanzaremos al mar? Vuestra Majestad no tiene en su marina un solo navío que valga dos cuartos, y los arsenales carecen de elementos para la construcción.

—¡Risueño cuadro acabas de trazar! —dijo Fernando hundiendo la barba en el pecho.

—Risueño no, pero sí verdadero —afirmó don Juan Pérez—. Si ocultase a mi rey la verdad, sería indigno del afecto que Vuestra Majestad me profesa.