Echevarri era el ministro de Seguridad pública.
Todos fijamos la vista en Su Majestad, que, contemplando el fuego, movía dulcemente los labios, tarareando y sonriendo.
—Ceballos, ¿has visto hoy a Pepita? —preguntó de súbito.
—¡Oh, si! —repuso el cortesano, cambiando repentinamente de semblante y tono, y poniendo en olvido como por encanto a Negrete y sus tropelías—. La he visto. Está muy incomodada con el duque por cierta canonjía.
—¿De veras? —preguntó Su Majestad riendo.
—Traslado la incomodidad al señor Collado —dijo el duque—, que en su afán ambicioso ha dejado a esa señora sin la prebenda que le prometí.
—¡Qué demonio! —exclamó perezosamente Fernando—. Dádsela, dadle cualquier cosa... Por no oírla se le podrían regalar dos mitras.
—¡Dos mitras! —dije yo—. Las tiene todas la negra del señor Villela.
Más adelante hablaré del señor Villela, de su negra, y de las mitras de la negra del señor Villela.
—Como esa canonjía estaba ya concedida —manifestó Collado—, pensé que le vendría bien a doña Pepita una superintendencia de Arbitrios, y esta mañana le di la nota al señor Villamil.