Inclinándose agradecido Ceballos, prosiguió así:

—Aquello en que principalmente hay que poner mano es la irregularidad del gobierno de las provincias de Andalucía. Hay en Sevilla un hombre llamado Negrete, a quien todos conocemos, el cual domina allí como dictador, sin documento alguno que acredite su autoridad, diciéndose emisario del gobierno, y atropellando a todo el mundo del modo más inicuo. La exageración y la saña son tan perjudiciales al estado, como la tibieza y blandura excesivas. Las provincias de Andalucía están aterradas, señor, con la presencia de tal monstruo. No sabemos qué magia terrible lleva ese hombre en sus palabras; pero es lo cierto que los mismos jueces tiemblan ante él. Llena ese vil los calabozos sin más ley que su capricho, y socolor de perseguir y exterminar a los liberales, comete los más infames atropellos. Él mismo forma brevemente las causas, asistido de viles sicarios, y las falla en el Tribunal de la Inquisición, donde se ha constituido en juez supremo... Ahora digo yo, señor, ¿puede esto tolerarse?... ¿Es posible gobernar a una nación de esta manera? Vuestra Majestad no ha dado poderes a ese hombre...

—¡Oh, no; seguramente no! —dijo Fernando con aplomo imperturbable.

—Nosotros los ministros tampoco; el Consejo tampoco: luego ese hombre es un falsario; ese hombre es instrumento de algunos pérfidos que subterráneamente, o quizás de un modo hipócrita, fingiendo interés por Vuestra Majestad, se complacen en sostener esta sangrienta intriga, que perturba el reino todo, y hace odioso el paternal gobierno establecido a costa de tantos sacrificios.

Pausa. El soberano meditaba.

—Cosas de la masonería —indicó Ugarte.

Y repitieron todos:

—Cosas de la masonería.

En aquel tiempo, la culpa de todo se echaba al gato, es decir, a los masones.

—Yo encargaré a Echevarri —dijo al fin Fernando muy seriamente— que se ocupe con empeño en descubrir a los autores de tales atentados, y en ponerles remedio.