—Ya estoy cansado de recomendar que no se haga caso de paparruchas —dijo gravemente y con mucha energía nuestro soberano—. Pues qué, ¿dejarías tú de saberlo, si no estuviese contento de tu ministerio? ¿Por qué había de ocultarlo hasta el momento de sustituirte?
—Eso mismo digo yo. Si Vuestra Majestad...
—¿Y qué tenemos de negocios? —dijo bruscamente Fernando, interrumpiendo a su ministro.
—Los decretos que pasaron a informe del Consejo, están ya despachados —repuso Ceballos.
—¿Cuándo quiere Vuestra Majestad que se publiquen? —preguntó Villamil.
—Cuanto antes, hombre. Ya debieran estar publicados.
—No se dirá que no se trabaja en las oficinas —manifestó Ugarte, dirigiendo principalmente sus miradas al secretario de Estado—. Ahí es nada la balumba de disposiciones que van a promulgarse estos días.
—Decreto prohibiendo las máscaras —dijo Ceballos—; decreto prohibiendo los periódicos; decreto encargando la educación de los niños y niñas a los frailes y a las monjas; decreto recomendando que se respete y venere a los ministros del altar; circular mandando a los españoles que guarden la mayor compostura dentro de la iglesia; circular disponiendo que las señoras se vistan con modestia para asistir a las funciones religiosas... En fin, la perturbación en que el reino quedó después de las Cortes, exige que se trate de poner algún arreglo en esta sociedad... He enumerado las disposiciones que Vuestra Majestad se ha dignado proponer, y que se me entregaron en minuta escrita de su puño y letra... La previsión y tino de Vuestra Majestad son dignos del mayor elogio. Los citados decretos son convenientísimos y de grande aplicación en el estado del reino... Queda, sin embargo, mucho por hacer todavía. Nosotros, como más en contacto que Vuestra Majestad con los negocios públicos y las necesidades del reino, hemos observado irregularidades y asperezas, situaciones anómalas y tirantes que deben desaparecer.
Fernando oía con profunda atención a su ministro de Estado, y los demás también.
—Explícate mejor —dijo el rey—. Ya sabes que siempre te oigo con gusto.