—Don Pedro Ceballos, don Juan Pérez Villamil.

Pocos minutos después, en la tertulia y placentero corrillo junto a la chimenea y alrededor de nuestro rey, nos reuníamos siete; ocho, contando con el astro hispano de que éramos satélites.

Villamil hablaba poco, y era hombre muy serio. Ceballos, por el contrario, gustaba de recrearse en sus propias palabras, y era festivo, grave, frívolo o sesudo, según el humor de sus interlocutores. El primero que rompió la palabra, sin embargo, fue el ministro de Hacienda, sin duda porque traía dentro del cuerpo algo que anhelaba echar fuera.

—Señor —dijo respetuosamente—, por ahí se dice que he dejado de ser ministro de Hacienda. Como Vuestra Majestad no se dignó decirme nada esta mañana, vengo a saber si es cierto, para retirarme al sosiego de mi casa, de donde no me gusta salir sino para el servicio de Vuestra Majestad.

—¿Qué estás hablando? ¡Que dejas de ser ministro! —exclamó Fernando con afectado asombro.

—Así se dice, señor.

—¿Habéis oído algo? —preguntó Su Majestad, recorriendo con sus ojos el círculo de semblantes que ante sí tenía.

—Yo no he oído nada...

—Ni yo...

Todos dijimos que no, haciéndonos los pasmados.