—No, nada de eso... Acabo de separarme de él en casa de unos amigos —replicó don Antonio—. Tan guapote como siempre...
—Aquí —apuntó el rey sonriendo— se ha dicho esta noche que es el jefe de los masones.
—Como don Pedro ha de estar en todo —repuso Ugarte con mucho gracejo—, nada tiene de particular que esté también en la masonería. ¿No le llaman por ahí el indispensable?
—Y el cambiacolores.
—¿No ha figurado en todos los partidos desde 1808?
—Vamos, no murmurar —dijo Fernando—. Se miente mucho, y se dicen muchas falsedades.
—Ciertamente —añadió Alagón con punzante ironía—. Que don Pedro Ceballos, después de ser ministro de Carlos IV y del señor don Fernando VII, fue a Bayona y se vendió a Bonaparte... ¡falsedad! Que el señor don Pedro Ceballos, acompañado del masón Urquijo y del inquisidor Llorente, redactó la Constitución de Bayona... ¡falsedad! Que el mismo señor firmó la circular de 8 de julio a los agentes diplomáticos, mandándoles reconocer al rey Botellas... ¡falsedad! Que el susodicho, volviéndose del revés, publicó un célebre manifiesto en que ponía como ropa de pascuas a Napoleón, a José y a Godoy... ¡falsedad! Que después ofreció sus servicios a las Cortes de Cádiz, las cuales le hicieron consejero de Estado... también falsedad y calumnia... En fin, que mi hombre, cansado de tantos naufragios, arribó al puerto del gobierno absoluto, donde echó el ancla e izó bandera de...
—¡Alto, alto!... —exclamó con mucha zunga Fernando VII—; alto, querido Alagón, que te metes en terreno de mi tío el Almirante.
Todos prorrumpimos en alegres risotadas.
Un lacayo anunció la visita de dos personajes, diciendo: