—¿Quién, señor? ¿Se puede saber?
—El mismo, el señor alcalde de Móstoles.
—¡Oh! —exclamó Ugarte con cierta confusión—. Me habían dicho que el señor don Juan Pérez se había ido esta tarde a tocar el órgano del pueblo a que debe su celebridad.
—No hagas caso —indicó el rey—: no tengo motivos para despedir a Villamil. Solo que esta vil chusma, como dice Ceballos, es capaz con sus chismes y enredos de trastornarme los ministerios todos los días.
—Pues por Madrid ha corrido la noticia —añadió Antonio I—. Por cierto que se daba a don Felipe González Vallejo como sucesor de don Juan Pérez.
—Eso quieren estos —dijo Fernando, señalando con desdén a Alagón y a los dos criados—. En caso de vacante, tal vez...
—Pues el consejo del duque me parece acertado —dijo Ugarte—. Vallejo es hombre que lo entiende, aunque no lo parece. Es de esos cuya apariencia engaña.
—¡Y tanto que engaña! —repitió Fernando con malicia—. Cualquiera creería, oyendo a Vallejo, que es tonto solemne de siete capas. Se lleva uno cada chasco...
—Casi siempre engaña la apariencia en los hombres de estado —repuso Ugarte.
—Vamos, ya cogió don Antonio su tema favorito —dijo el duque riendo—. Hablará pestes de Ceballos.