—Basta de Ilustrísimas y de sobrinos de Ilustrísimas —agregó Fernando con hastío—. Collado, quedamos en que no hay sobreséase para el hijo de Grijalva. Artieda, quedamos en que no hay moratoria para las señoras de Porreño... Ambas cosas negadas.

Hubo una pausa. Los criados se retiraron taciturnos. Observé que desde el rincón de Felipe II, cuatro ojos me miraban con enojo.

Un instante después entró en la tertulia mi maestro y señor don Antonio Ugarte.

XX

Entró risueño, rebosando alegría, repartiendo sonrisas, cautivando con su amabilidad de tal suerte, que la tertulia, solo con su presencia, adquirió la animación de que antes carecía. Recibiole Fernando con mucho gozo, y después que cambiaron algunas palabras, mitad en broma, mitad en veras, diole el rey las quejas por su ausencia, a lo cual contestó Ugarte:

—Pues qué, ¿este tunante de Pipaón no dijo a Vuestra Majestad que salí de Madrid a desempeñar un encargo del señor ministro de Rusia?... Y a propósito, señor, ¿conque ya no tenemos ministro de Hacienda?

—¡Ya no tenemos ministro de Hacienda! —replicó Fernando con afectación de pesadumbre festiva—. Estamos sin ministro de Hacienda. ¡Qué desventura! Di, Ugarte, ¿tenemos aire que respirar y sol que nos alumbre?

Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas, fórmula entonces la más gráfica de la adulación.

—¡Oh!, señor —dijo Ugarte con irónico acento dramático—, estamos muy mal. ¡El mundo se desquicia!... ¿Qué va a ser del reino sin ministro de Hacienda?

—Como que no sabemos que dos y dos son cuatro si el ministro de Hacienda no nos lo dice... —añadió el rey, produciendo nueva explosión de risas—. Pero recobra el aliento, querido Ugarte, que hay ministro.