El ayuda de cámara se acercó.
—¿No fuiste tú quien tomó nota de la moratoria?...
—Para pasarla al Consejo Real... Ya le he dicho al señor obispo de Menorca y al señor Escóiquiz que estaba concedida.
—Estúpido, ¿quién te mandó prometer...?
—El señor Inquisidor general —dijo Collado— me la recomendó también con vivo interés...
—Perdone Vuestra Majestad —repuso Artieda humildemente—. Sin duda yo entendí mal, cuando Vuestra Majestad se dignó acceder a la petición que le hicieron el reverendísimo señor obispo de Menorca, el reverendísimo señor obispo de Astorga, y el reverendísimo Inquisidor general.
—¡Vete al diablo tú y tus reverendísimos!... —exclamó Fernando, con el rostro encendido por la ira, lo cual le acontecía a la menor incomodidad.
—Entonces... —balbució el ayuda de cámara.
—Entonces... —repitió el rey, remedando, no sin gracejo, el aire contrito y el sonsonete quejumbrón de Artieda—, entonces quiero decir que no concedo la moratoria... ¿Lo entiendes? ¿Todavía quieren más los reverendos? Ya no queda nada que pedir para sí, y piden moratorias para sus tramposos amigos, tenencias de resguardo para los cortejos de sus sobrinas y beneficios simples para los niños de teta de sus señoras amas...
—El señor obispo de Almería —dijo Collado con timidez— me dijo que tenía tanto, tantísimo interés en que esas señoras... Y Su Ilustrísima...