—¡Excelente sistema! —repetí yo.
—¡Y sobre todo muy español! —añadió el rey de las Españas con un aplomo humorístico que a pesar mío me hizo reír—. Gastar lo propio y lo ajeno, vivir a lo príncipe, y después encastillarse en la grandeza y dignidad de los títulos nobiliarios para rechazar el pago de las deudas como una ignominia... ¡Oh, qué delicioso país y qué incomparable gente!
—Sin embargo, se dice que Grijalva no cobrará...
—Que sí cobrará... pues no faltaba otra cosa —afirmó Fernando con firmeza—. Se me presenta la ocasión más bonita que pudiera apetecer para contentar al buen don Alonso sin ponerle en libertad al niño.
—Con lo cual se le hacen dos favores.
—¡Collado! —gritó el rey volviendo el rostro.
Acudió el cortesano, y Su Majestad, sin mirarle, le dijo:
—¿Apuntaste para mañana el sobreséase del hijo de Grijalva?
—Sí, señor, aquí está —repuso Chamorro, sacando un papel—. Esta noche pienso que pase al señor Echevarri.
—No, no hay nada de lo dicho... ¡Artieda!