—¿Pero por fuerza ha de ser mañana? —me atreví a decir—. ¡Ah!, Vuestra Majestad no sabe ser generoso a medias, y por hacer bien no repara que favorece a sus enemigos.
—No estaría de más que ese don Gasparito, o don Moscón, durmiese unas noches más en la cárcel. ¿Qué te parece, Pipaón?
—Admirable: unos días más de encierro, y después se le pone en la calle... ¡Generosidad y previsión! ¡Ejemplares virtudes que no deben separarse jamás!
—Dices bien; pero yo... —objetó Su Majestad, sacudiendo el cigarro y pidiéndome fuego para encenderlo—, pero yo quisiera servir a ese pobre y leal don Alonso... Cuando yo estaba en Francia, me prestó varias cantidades sin interés ninguno.
—Si Vuestra Majestad aprecia en algo mi parecer, me tomaré la libertad de decirle que Grijalva tiene asuntos de más interés que el de su hijo, y en los cuales puede recibir inmensos favores de su soberano.
—¿Cuáles? Dímelo pronto.
—El de la moratoria que solicitan las señoras de Porreño... Conceder esa merced y dar golpe terrible a Grijalva es todo uno.
—¿Grijalva es el acreedor? —preguntó con anhelo.
—El mismo. Suponga Vuestra Majestad qué gracia le hará esperar diez o doce años para poder embargar los bienes de esas señoras...
—Porreño se comió su fortuna y la ajena, diose buena vida, y ahora sus herederos no quieren pagar... ¡Qué excelente sistema! Veo que esas señoras tienen talento, Pipaón —dijo Su Majestad con expresión festiva.