—Aspiraciones locas —repitió—. ¡Vaya con la niña!
—Si Vuestra Majestad la tratase; si pudiera apreciar por sí mismo los vuelos de aquella imaginación ardiente...
—La cojita no puede ser más mona —dijo el rey, dando a sus ojos expresión semejante a la que en los suyos tenía alguno de los individuos del lienzo de Velázquez—. ¡Y qué cuerpo tan bien formado!... Es una preciosidad... una joyita de carne y hueso.
Hablome en este tono largo rato, demostrándome su mucha afición a las artes, y principalmente a la escultura, de la que era especial devoto.
—¡Y pensar que tales tesoros van a ser para ese tronera de Gasparito Grijalva! —exclamé yo—. ¡Vamos, quién se lo había de decir a ese calumniador de Vuestra Majestad, a ese charlatán irreverente y desvergonzado que mañana mismo va a recibir de Vuestra Majestad generosísima el perdón de sus culpas, y que con el perdón va a entrar en el pleno goce de sus derechos amatorios!...
—¡Es su novio, su pretendiente!... ¡Cómo se divierten esos chicos... que no son reyes!
—Y no la deja a sol ni sombra. ¡Qué pesado es! Como la condesa le permite entrar en la casa, allí está a todas horas el barbilindo, cosido a las faldas de su Filis. No puede la niña pestañear sin que el moscón se entere...
—¡Hombre! —exclamó el rey, dándose una palmada en la rodilla—, me carga ese niño.
—¡Y qué lengua!... ¡Qué lengua! Es capaz de revolver a todo Madrid.
—En verdad, Pipaón, que si no fuese porque prometí a Grijalva ponerle en libertad...