—¡Cuán dulce prerrogativa es la del perdón en los reyes! —exclamé—. Dios se la concede para que sean superiores a las mismas leyes, que no tienen más que la de la justicia.
Fernando pareció fastidiado de mi pedantería, y bruscamente me dijo:
—¿Qué crees tú? Dilo con franqueza.
—Mi opinión, señor —repuse con humildad—, no debe ser de ningún peso en las resoluciones de Vuestra Majestad; pero si me viera precisado a darla...
—Ya la espero —afirmó con impaciencia aquel hombre prudentísimo que no quería nunca proceder de ligero en sus resoluciones.
—¿No hay tiempo de poner en libertad a ese loco? —dije con la mayor osadía—. ¿Por fuerza ha de ser mañana, señor?
—Verdaderamente es así. Pero yo prometí a ese anciano la libertad de su hijo...
—¡Qué dulce prerrogativa es la del perdón! —repetí compungidamente—. ¡Y qué placer tan grande debe de experimentar el corazón de un Monarca al conceder mercedes a sus súbditos, sin omitir a los más grandes criminales! Las alegrías que con una sola palabra produce, ¡cuán benditas son! ¡Cuántas lágrimas se enjugan! ¡Cuántos corazones palpitan gozosos! El de Presentacioncita, en este caso, saltará dentro del blanco seno, más por ver logrado su empeño que por amor al mancebo.
—Pues qué, ¿no está enamorada de ese calaverón?... —preguntó con mucha viveza, hondamente interesado en todo aquello que pudiera contribuir al bien de sus súbditos.
—No lo creo... Le tiene afecto, un afecto caprichoso y nada más. Es niña de mucha ambición... Ha de saber Vuestra Majestad que tiene aspiraciones locas, insensatas...