—La desmayada se me presentó otra vez al día siguiente en la Trinidad. Cojeaba un poco, y estuvo a punto de caer segunda vez. Muchos tropiezos son en tan poco tiempo.

—¡Oh!, sí, muchos tropiezos. Vuestra Majestad sabe ya quién es la madre, la hija, el hermano, etc... En cuanto a la niña, no hay otra en Madrid ni más linda ni más graciosa.

—En verdad —indicó el rey, dando a aquel asunto un interés inmenso—, sus facciones no son perfectas; pero la expresión de su cara es encantadora, y el conjunto de sus facciones...

—¡Oh, seductor! ¿Pues y aquellos torneados brazos, y aquel cuello de alabastro?...

—¡Y qué pie tan bonito! ¿No es verdad? —preguntó Fernando con sencillez suma, no menos engolfado que un mozalbete en la contemplación imaginaria de la beldad soñada—. Paco no ha podido decirme los motivos de aquel brusco encuentro: ¿a dónde ibais? ¿de dónde veníais?

Comprendiendo que marchaba por buen camino, expuse a mi interlocutor los verídicos hechos de mi paseo nocturno, sin omitir nada, ni alterarlos, ni olvidar antecedente ni móvil alguno; y en el momento en que pronuncié el nombre de Gasparito Grijalva, sorprendiose mucho, y alzando la voz, me dijo:

—Hoy ha estado aquí su padre a pedirme que ponga en libertad a ese niño. Es una buena obra... lo he concedido al momento. ¿No crees tú que es una buena acción? La pobre muchacha merece esta recompensa por su puro y noble amor.

Yo callé.

—¿No crees tú que es una buena obra ponerle en libertad?... ¿No crees que mañana mismo...?

Seguí callando y moví la cabeza en ademán dubitativo.