Pausa. Fernando contemplaba el techo, y al fin, como quien sale de honda distracción, mirome fijamente y preguntó:
—¿Qué decías?
—Señor, Collado ha apelado a mi testimonio en apoyo de sus opiniones sobre la francmasonería, y yo debo decir...
—Que todos son masones, y yo el jefe de ellos... ¿Te ríes? Pues no falta quien lo asegura así.
—¡Oh!, señor, antes que pronunciar tal desacato, mis labios callarían para siempre.
—La verdad es que hay un Oriente en Granada, que preside el conde del Montijo... —continuó el rey.
—Justamente, señor, y...
—Y en el cual parece andan también muchos hombres graves que no debieran ponerse en ridículo... pues tengo para mí que eso de la masonería es una farsa grotesca, que no conduce a nada bueno ni a nada malo. Muchos son masones para ocultar sus amores nocturnos —añadió con viveza—: por ejemplo, tú... Dime, ¿a qué logia ibas anoche con aquellas dos damas?
—Señor... —repetí confundido.
Indudablemente me puse como una cereza. Él me dijo con mucha gracia: